Un día aparentemente tranquilo y normal,
por la acera mujeres avanzan empujando sus carros de compras hasta el
aparcamiento del supermercado, donde en algunos pacientes esposos esperaban
sentados dentro del auto. Del otro lado
de la calle un grupo de mujeres jóvenes de no más de 30 años descansan
recostadas sobre la arena, algunas parecen dormidas, pero son consientes de la
mirada de los viejos hombres que pasean, indisimuladamente, por la costa de la
playa. Familias alegres juegan futbol de playa, dos, o tal ves tres familias
amigas, que disfrutan del hermoso tiempo familiar que trae el receso de verano.
Todo aparentemente normal. Pero Edward Stern presentía que no era así.
Faltaban 5 minutos para las 7, hora en la
que finalizaba su turno. Una llamada. No solo su trabajo como guardia de
seguridad de un supermercado Japones finalizaba, sino que se estaba alejando de
la monótona vida de tareas “pasivas”,
para volver a meterse en los zapatos de detective.
“Un nuevo caso. Barrio de las Flores.
Calle Nº 6. Casa Nº 31. 20 minutos Stern.”
Velozmente se metió en su Cadillac negro y
acelero. Devuelta al ruedo. Tardaría unos 15 minutos en llegar. Su alma le
sonreía, ya había pasado, tal vez dos años desde la última vez que fue asignado
a un caso, dos años de ese monstruoso accidente donde su esposa había perdido
la vida.
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