Las luces se apagaban y prendían, Kathe avanzaba por el gran
pasillo de la mansión de su prometido. Ya sabia lo que iba a pasar, no era la
primera vez que pasaba, no era la primera vez que se veía encerrada en esa
pesadilla, no era la primera vez en que el miedo adormecía su cuerpo y comprimían
su alma. Sabía que cuanto más la tención aumentase menos seria su capacidad de
controlarse.
Las puertas temblaban a su paso y los se escapaban de sus
lugares para luego romperse en el piso. Ruidos de vidrios rotos y llantos procedían de
algún lugar lejano, o no tan lejano. El pasillo era un laberinto de puertas,
tal vez, alguna que otra ventana clausurada con ladrillos y tablones antiguos y
abandonados aparecía en el gran tramo, pero por más que avanzase no encontraba
su fin. Y tampoco quería hacerlo.
Al final del pasillo, esperándola impacientemente, estaba
él. Ese hombre por el que tuvo que abandonar su pasado, su ser y su familia. El
hombre por el que había tenido que morir y volver a nacer en otro lugar, siendo
otra persona. El hombre que había amado y respetado durante toda su infancia,
pero que se había consumido en locura y maldad con los años. El estaba ahí, con
un gran palo esperándola en las sombras… No, el ya no estaba en las sombras,
ahora también avanzaba. Sus grandes botas de trabajo golpeaban el piso
produciendo un golpe profundo y seco, como si se golpeara un tronco hueco y
viejo lleno de insectos.